Periódico mensual de distribución gratuita Zona Oeste, Gran Buenos Aires, Argentina
Año XV - Nº 180
MARZO
2017
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CUENTO

El indio Granadero

En cada rincón del país; estatuas, monumentos, instituciones recuerdan las hazañas de los grandes hombres que forjaron nuestra historia.

Su destino era dirigir sus ejércitos compuestos por masas incalculables de hombres, mujeres, niños que enfrentaban todos los peligros: los caminos, el hambre, las heridas, la muerte y cuántas penurias más; los criollos, los indios, los negros fueron los verdaderos mártires que lograron esta Patria Grande.

En homenaje a ellos:

Un granadero

(adaptación del cuento de Manuel Mujica Láinez - 1850)

El indio Tamay alquila en la Recova un cuarto pequeñito. En él vende, hace muchos años, estampas, escapularios, ropa hecha y, algunos días, empanadas y tortas.

En invierno, el indio no se aparta del brasero sobre el cual se calienta la pava del mate. Al anochecer regresa sin apurarse a su rancho del barrio de la Concepción. Arrastra la pierna lisiada; a un costado de la chaqueta, la manga izquierda, vacía. Perdió el brazo en la rendición del Callao.Treinta y ocho años atrás, don Francisco Doblas se presentó en Yapeyú, comisionado por el gobierno para invitar a los jóvenes a alistarse en el cuerpo que organizaba el coronel San Martín, y él obedeció al reclamo.

Tamay no tiene amigos. Los únicos que se aproximan a él y le rodean, son los negritos y los “bandoleros”, que no cesan de cotorrear y de decir malas palabras. El indio, impasible, les sosiega levantando la palma flaca. Entonces le piden que les cuente algo más, algo más “de antes”, de cuando era granadero. Tamay vuelve a relatarles las historias de una vida tan remota, tan alucinante, tan distinta de la que ahora vive. Atiéndenle los pillos recoveros sin parpadear.

El indio no es muy locuaz; pero sus palabras excitan la imaginación de los oyentes, quienes les incorporan todo el esplendor, todo el riesgo, toda la gloria y toda la penuria de esa campaña de ocho años: el paso de los Andes inmensos, cuya sobria evocación siempre hace levantar los ojos del auditorio; los entreveros vibrantes: Chacabuco, la guerra en el sur de Chile, Maipo; la expedición a Lima, el Callao... y la vuelta a la patria, a Buenos Aires, porque ya no podía luchar.

El rescoldo del brasero, empurpura de repente el rostro del indio. Y los muchachos suponen que están ante un viejo hechicero y le ruegan que les cuente más.

Pero hoy no hubo ni “bandoleros” ni negritos. Andan muy atareados, con sus cajas, lidiando con los perros y gritando. Una criada de la casa de don Felipe Arana, el ministro, vino con el pretexto de comprar un rosario. Tamay detesta a la mestiza que antes, cuando él era mozo, le rondaba, y que no le ha perdonado su desdén. Si se le acerca es porque trae mala noticia.

El indio no responde.

-¿No sabés que tu general San Martín ha muerto en la Francia, don Tamay?

La mujer está loca. ¿Cómo le viene con ese disparate? ¿Acaso ignora Tamay que si el general San Martín hubiera muerto las campanas de todas las iglesias de Buenos Aires estarían doblando, y la multitud llenaría la plaza?

Camino de su rancho, el indio se detiene porque alguien le chista. Es un muchacho rubio:

-Yo te llamaba, don Tamay, para decirte que ha muerto el general San Martín.

Y unos grandes lagrimones surcan las mejillas del granadero de San Martín.

El indio Tamay entra en su rancho; abre la petaca y saca de él su uniforme. Lentamente, con sacerdotal unción, lo viste. Parece más alto ahora y más digno, con la ropa azul y encarnada, con las palas de bronce escamadas fijas en los hombros, con sus áureos botones. La manga vacía cuelga a un lado y junto a ella el sable le bate la pierna herida.

Paso a paso, retorna al centro de la ciudad. Y comprueba que Buenos Aires duerme.

A dos cuadras de la Plaza de la Victoria hay una pulpería. Allí sí hay gente que ríe y grita. El indio, encandilado, queda de pie junto a la entrada.

Varios paisanos, emponchados de rojo, juegan al truco. Detrás de la reja, el pulpero sirve unos vasos de vino carlón.

El indio Tamay escucha de nuevo la voz del dios que le dice:

-Ha muerto el general San Martín.

Se yergue y grita:

-¡Viva el general San Martín! ¡Viva la Patria!

Los jugadores, sorprendidos, se enfrentan con el inesperado fantasma cuyas espuelas de bronce arañan el suelo.

-¡Viva Rosas!

Y el indio siente que una fuerza más pujante que él mismo le impele a desenvainar con ademán altivo el sable de Maipú y de Chacabuco:

-¡Viva mi general! ¡Viva el general San Martín!

El otro enrolló el poncho en un brazo y blande en la diestra el facón. Poco duró el duelo. El manco peleaba como quien sabe pelear y le clavó el arma en el vientre a su adversario. Retroceden los compañeros, temerosos.

Atraídos por el tumulto, acuden una partida policial. El indio se entrega sin resistir.
Y mientras el granadero camina hacia la prisión, todas las campanas empiezan a doblar, se mezcla un rápido toque de clarín. El indio Tamay lo oye y se cuadra.

Colaboración Noemí Propato de Rainieri




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