Periódico mensual de distribución gratuita Zona Oeste, Gran Buenos Aires, Argentina
Año XVI - Nº 187
OCTUBRE
2017
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RELATO CAMPERO

Una corrida de sortijas

Todo el pueblo se ha reunido en la cancha de la viuda Ramona, un tiro recto del viejo camino. El paisanaje viste prendas domingueras, ha ensillado al mejor y hasta se ven valiosos aperos labrados en plata.

Luce el sol en este 25 de mayo sobre un acentuado entusiasmo popular, una contagiosa alegría desborda de los corazones. El cuadro tiene vida y color. El estallido de una sombra de estruendo anuncia que está próxima la corrida.

Los paisanos ultiman los preparativos: algunos cinchan de nuevo y fuerte, acomodan las coronas rotas y los más aseguran las triberas. Bajo la enramada los últimos tiros de la taba, el remate del truco. Deja de circular el mate y sigue la venta empanadas y y pasteles. ¡A formar fila! detrás de la raya, agrega el comisario.

El ir y venir de las cabalgaduras levanta tato polvo que el aire es casi irrespirable. El comisario sigue: la bandera blanca señala la línea de partida y al llegar a la colorada hay que tender los pingos. Juego limpio y a la vista.

Disminuye la algazara y los jinetes sacan a relucir los chuzos con cuales tienen que ensartar la sortija. ¡Largan! Varias veces se oye un ruido seca, metálico. La sortija ha estado a punto de coronar un triunfo, hasta que en la segunda vuelta, en medio de un grito ensordecedor, aparece el primer ganador de la tarde.

Es un vejete con tantos años como experiencia. ¡Viva don Crisando! grita la muchedumbre mientras se abre paso hacia el palco donde están las autoridades. -Ha estado de suerte amigo. -Y que quiere, a la vejez viruela. -Aquí tiene el premio - Y le entrega un hermoso par de estribos de plata. -Que le sirvan de mucho y bueno. Y ahora siga la corrida.

Colaboración: Noemí Propato

La carrera de sortijas Florencio Molina Campos

La pintura de Florencio Molina Campos

En sus obras se plantearon diversas controversias con otros artistas de la época. Una de ellas era por los horizontes, que él pintaba muy bajos, casi en una sexta parte de la altura de la pintura. Sostenía, y basta para darle la razón con mirar los paisajes tan ricos que tienen nuestras pampas, que los horizontes eran bajos, muy bajos.

Otro aspecto muy controvertido, era que en algunos dibujos mostraba a los caballos con las cuatro patas en el aire. Fue profundamente criticado por ello.

Él sostenía que pintaba lo que veía. Años después, cuando el cine perfeccionó sus técnicas, permitió observar en las imágenes cuadro a cuadro que, efectivamente, hay un momento en el galope del caballo en que sus patas sobrepasan a sus manos, y el animal está totalmente en el aire.

Definitivamente, Molina Campos era un agudo observador, y tenía una memoria fotográfica única. Al respecto, cabe mencionar que debido a los ligeros pero agudos detalles de sus obras, estas han sido aceptadas como referente histórico para quienes deben “emprendar” un caballo, y los jurados de tales disciplinas admiten el uso de tal o cual “pilcha” cuando quien la utiliza se remite a alguna de sus pinturas.




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