Periódico mensual de distribución gratuita Zona Oeste, Gran Buenos Aires, Argentina
Año XVI - Nº 189
DICIEMBRE
2017
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UNA MIRADA DESDE LA PSICOMOTRICIDAD

Cómo actuar frente a los caprichos de los niños


Los caprichos o berrinches de los niños generalmente tienen una connotación negativa, están relacionados con la idea de “mal comportamiento” y generan en nosotros, adultos, distintas reacciones y emociones que no siempre estamos preparados a procesar, como culpa, vergüenza o sentirnos juzgados por los demás y sentir que nosotros o nuestros niños hicimos algo “mal”.


Pero si entendemos realmente qué son los caprichos, podremos verlos desde una nueva perspectiva.

La Psicomotricidad nos brinda los recursos para comprender la relación entre la emoción y el cuerpo, lo que nos puede ayudar a pensar al capricho como una oportunidad de crecimiento y fortalecimiento.

En Psicomotricidad entendemos que una de las primeras vinculaciones del cuerpo con la emoción es la de la tensión muscular relacionada con la necesidad y el dolor, y la relajación con la satisfacción y placer.


Pensemos por ejemplo en un bebé, cuando tiene una necesidad como hambre o dolor, llora y podemos notar su malestar en su cuerpo: los puños cerrados, los brazos contraídos, las piernas extendidas, el ceño fruncido, la cara roja.


En este momento toda la atención del bebé está puesta en lo que esa necesidad genera en su cuerpo y no puede prestar atención a lo que sucede a su alrededor. Cuando esa necesidad es satisfecha, también se puede ver en su cuerpo: más relajado, distendido, los brazos y piernas flojos, la cara que volvió a su color habitual y a veces hasta parece esbozar una sonrisa, el bebé puede estar otra vez atento a otros estímulos que provienen del exterior.

Pensemos ahora en un niño pequeño haciendo un capricho, el niño no puede tener o hacer lo que quiere entonces grita, llora, patalea y en este estado no puede prestar atención a las palabras racionales de los adultos.


En este caso está vivenciando la frustración y el único medio que encuentra para expresar esta emoción es corporal, todavía no ha desarrollado la capacidad intelectual para expresarlo en palabras o anteponer el pensamiento a la reacción emocional.

Así como el bebé necesita del adulto que escuche y satisfaga sus necesidades para volver a vivenciar un estado placentero en su cuerpo, el niño pequeño vuelve a necesitar al adulto que escuche su frustración y lo ayude a recuperarse.


Lo que se propone aquí es pensar al capricho como otra fase más de ese estado de necesidad que identificamos en los bebés. Una nueva emoción se le genera ahora, le toma todo el cuerpo, no sabe qué hacer con eso que le pasa y la expresa de la única manera que le es posible en esta etapa de su desarrollo.


Lo que no significa que el adulto tenga que darle siempre lo que el niño quiere, sino que lo escuche, valide su emoción y no lo deje solo, a la vez que mantiene el límite del ‘no’. Entonces ¿cómo puede un adulto responder en estas situaciones?


En primer lugar es importante permanecer a su lado, reconocer y poner en palabras lo que está pasando. Por ejemplo “sí, te entiendo, querés tener ese juguete y no se puede, es muy frustrante no poder tener lo que uno quiere”.


Cuando le permitimos expresar completamente su frustración y lo acompañamos hasta que se recupere, el niño está aprendiendo que se puede reponer ante las dificultades y está creando sus propias herramientas para conocer sus fortalezas y dificultas y así crecer con más confianza en sí mismo.


En conclusión, los caprichos no son sinónimo de mal comportamiento. Comprender por lo que el niño está pasando y acompañarlo nos va a permitir construir una relación más fuerte y comunicativa, y va a ayudar al niño a desarrollar capacidades invaluables: reconocer sus propias emociones, crear los recursos necesarios para recuperarse ante las dificultades y expresarse libremente.

 

Soledad Dominikow

Lic. en Psicomotricidad

soledomi@gmail.com


 



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