Cultura y agenda

De Florencia a tu barra: la historia del Negroni y su receta infalible

El cóctel italiano que conquistó el mundo con su equilibrio amargo y dulce tiene una historia porteña propia. Te contamos sus orígenes, por qué se volvió clásico en Buenos Aires y cómo prepararlo perfecto en casa.

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Barra casera con botellas, coctelera y un vaso con hielo

El Negroni es uno de esos tragos que parecen haber estado siempre en la barra, pero su llegada a la noche porteña tiene una historia precisa y llena de vueltas. Nacido en Florencia a principios del siglo pasado, este cóctel se convirtió en emblema de la coctelería italiana y, con el tiempo, en un fijo en los bares de Palermo, Villa Crespo y hasta en las barras más under de Ramos Mejía y San Justo.

Todo empezó en 1919 cuando el conde Camillo Negroni, un aristócrata florentino que había vivido en Estados Unidos, entró en su bar favorito, el Caffè Casoni. Pidió su habitual Americano —vermouth, Campari y soda— pero pidió que le cambien la soda por gin. El bartender le sirvió la mezcla en un vaso con rodaja de naranja y el resto es historia. El trago se popularizó rápidamente en Italia y cruzó el océano décadas después.

En la Argentina, el Negroni llegó de la mano de los inmigrantes italianos y se afianzó en los años 80 y 90 en bares clásicos de Buenos Aires. Pero fue en la explosión de la coctelería de autor de los últimos quince años cuando se volvió un clásico de barrio. En la zona oeste, desde Ramos Mejía hasta Haedo, muchos bartenders locales lo reversionan con toques locales: algún vermouth argentino más herbal o un twist de naranja de nuestro litoral.

¿Por qué nos gusta tanto? Porque es un trago que habla de encuentro. No es dulce para los que recién empiezan ni es un bombardeo de alcohol. Es equilibrado, amargo justo, con ese carácter que invita a sentarse a conversar. En una noche de verano en el oeste, un Negroni bien frío es el compañero ideal para empezar la salida sin apurar el ritmo.

La belleza del Negroni está en su simplicidad: solo tres ingredientes en partes iguales. Eso lo hace perfecto para preparar en casa sin necesidad de una barra profesional. La clave está en la calidad de cada elemento y en el hielo, que tiene que ser generoso y bien frío.

En la zona de La Matanza, cada vez más vecinos se animan a armar su propio rincón de coctelería. No hace falta mucho: un buen gin, un Campari original y un vermouth rosso de buena marca. El resto es técnica y paciencia.

Si querés llevarlo al siguiente nivel, probá variantes locales. Algunos bartenders de Ramos Mejía reemplazan parte del gin por un gin de hierbas regionales o agregan un dash de bitter de naranja. Pero la versión clásica sigue siendo la que más se pide en las barras del partido.

Prepararlo en casa es también una forma de entender la cultura del trago. Cada vez que lo mezclás estás repitiendo un ritual que tiene más de cien años y que sigue vigente porque funciona. En un mundo de tragos complicados con diez ingredientes, el Negroni es la prueba de que menos es más.

La próxima vez que organices un encuentro en tu casa en Villa Luzuriaga, Lomas del Mirador o González Catán, prepará una ronda de Negronis. Vas a ver cómo cambia el clima de la reunión. Es un trago que genera conversación, que invita a quedarse un rato más y que, sobre todo, se disfruta sin apuros.

Fuente: Adaptado de historias clásicas de coctelería documentadas en publicaciones internacionales de coctelería.

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